“TODO LO QUE NACE SE MUEVE”: la poética del cambio en la obra de Fernanda J. Carregado

La exposición “Todo lo que nace se mueve” de Fernanda J. Carregado propone una reflexión visual sobre la transformación, el movimiento y la fragilidad de la existencia a través de la cerámica contemporánea y la instalación artística. En un espacio dominado por el blanco y las formas orgánicas, la artista construye una narrativa íntima donde cada pieza dialoga con conceptos como el origen, la comunidad, el cambio y la liberación emocional. La muestra convierte el recorrido expositivo en una experiencia sensorial y conceptual que invita al espectador a pensar la vida como un proceso continuo de mutación.

En un espacio ausente de color, las formas, texturas y volúmenes materializan una narrativa conceptual y reflexiones intimistas. El blanco no es ausencia, es la propia exposición. 


La artista de la cerámica Fernanda J. Carregado nos presenta una exposición que en sí, es la obra de arte. 


“Todo lo que nace se mueve” presenta un discurso muy cuidado con un recorrido limpio y claro. El hilo conductor de su narrativa, es el movimiento como generador de cambio. 


Nada es fijo, todo se transforma. La materia, la vida.


Comienza el recorrido en “Origen”, entendido como un acto de amor. La forma no se origina porque sí, lo primero es el gesto. Desde este momento surge la continuidad, el cambio y la transformación. Todo lo que nace es mutable. 


Origen” es representado a través de impecables esculturas sobre peanas a cuyos pies se encuentras escombros. Una metáfora de nacimiento, como si de un huevo surgiese un tierno pajarito. 

Aquí el contraste es interesante. La delicadeza de la escultura cerámica, blanca y orgánica sobre la peana, nos indica la evolución. Se aprecia un nacimiento desde un cascarón de fuerte y duro que albergaba los primeros momentos de vida de dichas elegantes esculturas que, ahora, parecen sobrevolar los restos de su origen primigenio.

“Origen”

Una vez alzado el vuelo, llegamos a “La cena de los estorninos”, una vieja conocida para mí. 

Si el origen de cada ser o pieza es individual, ahora encontramos comunidad. El movimiento del vuelo nos desplaza a la convivencia. Los estorninos vuelan juntos en los cambios de estación, a través de una perfecta coordinación como si de una danza se tratase. La representación de este vuelo lo vemos representado en la instalación de la pared, coronando la gran mesa.

“La cena de los estorninos”

Centrándonos en la mesa, podemos ver a los estorninos, orgánicas piezas que rodean la mesa repleta de detalles que integran el gran manjar. La mesa está compuesta de un vajilla de formas inusuales, pero muy atractivas. Orden y belleza que crean el ambiente de pausa al final del día. 



Pero hay algo que transmuta en esta pausa: las hormigas. Estos pequeños seres cargados de simbolismo, invade la mesa alimentándose de algunos trozos de pan. ¿También se alimentan o están recolectando? No sabemos, pero de lo que sí estamos seguros es de que, son representación del esfuerzo, el trabajo y, también, vivir en comunidad. 



La mesa se une con las piezas que conforman “No hay forma de quedarse” a través de la misma tela y pequeños detalles, adelantándonos el siguiente relato. Sobre este tramo de tela a modo de puente, encontramos trozos de pan, nidos con huevos y piezas cerámicas. 

Detalles

El recorrido que trazan estos elementos nos lleva a una peana donde emergen dos esculturas. La escenografía es sencilla, pero envolvente gracias a la luz tras ellas. Este efecto genera presencia para ambas, elevándolas a un estado de revelación o sacralidad. Esta sensación se acentúa con la presencia de la hormiga, la cual parece haber abandonado la pausa de la cena para comenzar su propia andanza, hasta alcanzar una una revelación. La fuerza y constancia de la hormiga quedan reducidas antes la voluminosidad de los seres que tiene al frente. En este punto, nos invita a continuar la reflexión sobre el movimiento y el cambio, ya que nunca debemos dar por hecho que algo ha finalizado.

“No hay forma de quedarse”

¿Ahora qué? Ante esta cuestión se presenta la siguiente pieza, un lienzo intervenido con fragmentos de cerámica y un velo de gran carga simbólica. “Lenguaje de tramos” cuestiona la idea de una vida lineal (como lo que le ha sucedido a nuestra pequeña amiga la hormiga) y nos plantea entenderla como “una sucesión de cortes, pausas e intervalos” (Fernanda J. Carregado). Esta idea se materializa con cada fragmento de cerámica del lienzo. 


En esa sucesión de acontecimientos que se nos presentan en la vida, el tul blanco juega un papel crucial. A modo de veladura, este elemento representa qué cosas de nuestra experiencia queremos revélela y las que no. 

“Lenguaje de tramos”

En todos estos procesos y andanzas que sostienen la vida, el momento de pausa más intimo es el momento de la ducha. Desnudas y vulnerables, nos entregamos al elemento agua para la limpieza, desahogo y purificación. Bajo esta premisa se ubica la instalación “Llorando bajo la ducha”. 

“Llorando bajo la ducha”

Gotas o lágrimas se suspenden desde el techo hasta el suelo, sobre un espejo. Esta obra plantea el momento en el que el agua y las lágrimas confluyen, dando lugar a una experiencia de liberación. 


Observar esta pieza es interesante. Nuestra mirada comienza desde arriba, donde comienzan a caer las gotas hasta llevarnos al espejo, el cual es un charco, pero también reflejo. Llorar es un proceso de liberación que nos permite soltar tensiones y cargas, por lo que, en este sentido, el charco es el todo lo que queda de eso. A su vez, permite vernos reflejadas, seguimos ahí dispuestas a continuar. Siempre en movimiento. 

Detalle “Llorando bajo la ducha”

Tras este momento de introspección tan intimo, podemos preguntarnos si es quizá el momento de asentarnos, de enraizarnos en lugar y que el movimiento se desde ese ahí. Es el momento del “Nido”.


Nido” es una pieza cerámica suspendida en aire que alude al hogar, pero un hogar que puede ser efímero. Como en la naturaleza, es residencia momentánea supeditada a la inclemencia de la propia naturaleza y el carácter nómada de las aves, y que de igual forma puede afectarnos a las personas. Si las estacionas motivan las migraciones de las aves, los diversos sucesos vitales llevan a las personas a moverse. Lo que sí que supone el nido es hogar, calor, confort, descanso y familia. 

“Nido”

Esta pieza tiene gran complejidad ya que, la artista no utiliza ninguna técnica de vaciado. Como puede observarse, cuenta con aperturas en toda su estructura, siendo una de ellas una puerta o ventana al su interior. Dentro, está constituido por por restos de tela, de cerámica e hilos de cuerda, una metáfora de todo aquello que nos constituye en el presente. 


El recorrido concluye con la serie “Vuelo” que resume perfectamente la narrativa de la muestra. El final nos plantea el “movimiento como condición constante donde las las formas no representan cuerpos estables, sino estados de tránsito” (Fernanda J. Carregado). 

Serie “Vuelo”

La artista concibe el vuelo no como elevación sino como un estado de permanencia dentro del movimiento, por lo que cada pieza de esta serie captura el instante que algo deja de ser lo que era para convertirse en algo nuevo. 


Fernanda nos dice moverse no es acción voluntaria, sino una forma de existencia


Todo lo que nace se mueve”, es una muestra que no deja a nadie indiferente. Estéticamente atractiva, con un ambiente envolvente que atrapa y que invita a la reflexión. 

Un espacio donde el blanco y la materia encarnan la propia vida. 


La exposición estará disponible hasta el 24 de mayo en Shapó Olé Gallery en Gaucin.

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